Por Metrópoli 2025.

19 de diciembre de 2008.
Límites: al norte, Dr. Río de la Loza; al Sur, Av. Central; al este, Eje Central Lázaro Cárdenas; al oeste, Eje Central.

En 1889, Francisco Lascuráin solicitó al Ayuntamiento que se le permitiera formar una colonia en el terreno de su propiedad denominado La Indianilla (en la Memoria de 1850 se llama “Indianillas”), ubicado al sur de la Garita de Belén. Una gran porción de terreno fue adquirida por la Compañía de Tranvías para depósito de sus carros. Habiéndose suspendido la gestión de Lascuráin, el expediente correspondiente se extravió.

Según una cronista, “una india llamada María Clara, quien tenía varias propiedades, vendió algunas al padre Domingo Pérez Barcia, quien alrededor de 1675 construyó una pequeña capellanía en el rumbo hoy conocido como Indianilla. Lo mismo hicieron las indias María Concepción y María Paula. Por esta razón con el tiempo le llamaron lndianillas al lugar”.

En 1895, C. M. Stewart, en nombre de la The Mexican City Property Syndicate Limited, presentó un ocurso (petición) al Ayuntamiento proponiendo hacer el fraccionamiento del referido terreno de la lndianilla.

El 26 de diciembre de 1889 se aceptaron las condiciones propuestas. Calles de la colonia: de norte a sur, algunas de Carmona y Valle, Dr. Lucio y Héroes; de oriente a poniente, Río de la Loza y Dr. Lavista. Oficialmente se le llamó Colonia Hidalgo (antes de la Testamentaría de Escandón y de la Indianilla), pero se le conoce como Doctores en virtud de que los nombres de sus avenidas y calles están dedicadas a médicos.

Las primeras casas al norte de esta colonia se construyeron en tiempos del virreinato, aunque en la actualidad ninguna de ellas existe.

El Panteón del Campo Florido se encontraba hasta lo que hoy es la Av.  Dr. Leopoldo Río de la Loza en su esquina con Dr. José María Vértiz, llamado así en razón de las flores que ahí crecían sobre lo que poco antes fuese una área pantanosa cegada. El cementerio, cerrado al culto en 1878, fue fundado en 1846 por el sacerdote Pedro Rangel. A partir de 1880, Ramón Guzmán, impulsor del transporte citadino de trenes tirados por mulas, estableció sus patios de reparación de trenes en los terrenos que se conocen con el nombre de lndianilla, y donde hoy tienen sede la Procuraduría de Justicia del D. F. y el Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal.

En 1898 la Mexican Electric Tramway inició el cambió de líneas para la introducción del sistema de tranvías eléctricos denominado trolley, servicio que inició el 15 de enero de 1900. Los terrenos de Indianilla continuaron sirviendo de patio y talleres durante 60 años, al cabo de los cuales se desmantelaron.

En 1889, Pedro Serrano inició el fraccionamiento formal de un predio que se iniciaba en Niño Perdido y terminaba poco antes de la Calzada de la Piedad (hoy Av. Cuauhtémoc).

Esta avenida ocupa el trazo de la antigua calzada construida por el virrey Juan de Mendoza y Luna, en la primera década del siglo XVII, para unir a la Ciudad de México con el pueblo de la Piedad, que ocupó un área que corresponde hoy a donde se encuentran el Centro Médico Nacional,  un centro comercial donde antes  estaba el Parque de Beisbol del IMSS (antiguo Parque Delta) y la 8a. Delegación de Policía.

Un tramo de esta avenida se llamó antiguamente Paseo de la Azanza y comenzaba en la Garita de Belén, a la altura de la hoy Av. Chapultepec, siguiendo sobre algunas calles hacia el sur. Se denominó así en memoria del virrey Miguel de Azanza, quien gobernó Nueva España de 1798 a 1800. Era prolongación del Paseo de Bucareli, antes Paseo Nuevo. En 1904, Francisco Lascuráin vendió a G.M. Stewart el predio de Indianilla para su lotificación.

La Colonia de los Doctores se consolidó a partir de la construcción del Hospital General de México, inaugurado el 5 de febrero de 1905. La construcción del inmueble fue la coronación de esfuerzos del Dr. Eduardo Liceaga quien pugnó por substituir el viejo Hospital de San Andrés, que cerró sus puertas en 1903 y que poco después fue demolido para construir en su lugar el Palacio de Comunicaciones (hoy Museo Nacional de Artes) en las calles de Tacuba.

El Hospital General fue edificado en 17 hectáreas de terreno. En sus 32 pabellones originales se podían atender a mil enfermos. Con el tiempo se le fueron agregando nuevos edificios. En 1937, siendo su director el Dr. Ignacio Chávez, en la colonia principiaron a construirse los hospitales de especialidades: Cardiología, Cancerología, Ortopedia, Pediatría y Nutrición. Al resultar obsoleto el hospital porfiriano, el gobierno del Presidente Gustavo Díaz Ordaz, y posteriormente el del Lic. Luis Echeverría, se vieron en la necesidad de demolerlo para construir uno nuevo. En donde estuvo por algún tiempo el hospital de la SCOP, exclusivo para empleados de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, la Secretaría de Salubridad y Asistencia inició la edificación de nuevas unidades, que no logró concluir. Fue entonces cuando las obras fueron tomadas por el Instituto Mexicano del Seguro Social que hizo nacer el Centro Médico Nacional, inaugurado el 15 de marzo de 1963, colapsado por los sismos de septiembre de 1985 y reedificado en su mayor parte como Centro Médico Siglo XXI.

A principios del siglo XX, el Hospital Francés inició sus funciones. Después de larga vida, cerró sus puertas en 1975, demoliéndose poco más tarde. Hasta los años sesentas, el barrio de la Indianilla fue famoso entre los noctámbulos por los caldos (de pollo) que ahí se vendían hasta entrada la madrugada.

Estos caldos forman parte de la fisonomía histórica de la Colonia. Con objeto de dar servicio a los conductores de tranvías, que a media noche llevaban su armatoste a guardar al depósito situado en el barrio de Indianilla, y para los conductores que acudían en la madrugada a ese mismo lugar antes de iniciar la primera corrida, se fueron estableciendo los típicos puestos de consomé de pollo, que imprimieron a esa barriada un peculiar aspecto. Tales cenadurías estaban en plena calle, construidas toscamente con paredes de tablas y techo de tejamanil.

Fueron haciéndose famosas a partir de los años veinte y más adelante las visitaban no sólo tranviarios sino gente de todos los rumbos de la ciudad y de muy diversas condiciones sociales y económicas.

Se volvió costumbre ir a los “caldos de Indianilla” después de pasar varias horas en algún cabaret o en una fiesta. Eran servidos en despostillados platos de peltre por un hombre sonriente que portaba un delantal que había sido blanco en lejanos ayeres. Un mostrador a guisa de mesa, bancos sin respaldo en los cuales turnaban asiento elegantes y emperifolladas damas de pieles y vestidos largos, y graves caballeros con atuendo de etiqueta, al lado de humildes obreros o borrachines develados; cancioneros ofreciendo sus servicios frente a las grandes ollas humeantes. Todo esto era el escenario de los populares “caldos de Indianilla”.