Por Metrópoli 2025.

19 de diciembre de 2008.

Otras de las fiestas de carácter religioso que animaban la vida doméstica eran las decembrinas. Se hacían arreglos especiales y se reunían con familiares, amigos y vecinos. Las posadas eran una actividad para toda la familia, ya fuera que se celebraran en las clases altas, en la calle o en las casas de vecindad.

Con antelación se hacía la “distribución de posadas”, que consistía en pedir a cada conocido o pariente participar en los gastos de una posada, las cuales comenzaban el 16 de diciembre. Uno de los principales preparativos era el altar, que generalmente se instalaba en la asistencia, ornamentado con ramos de pino, heno y musgo, farolillos y candelabros y coronado por un dosel blanco, en donde se colocaban las andas que transportaban a los santos peregrinos.

La casa se limpiaba escrupulosamente para recibir a los invitados, se perfumaba con agua de azahar, la escalera y algunas áreas se tapizaban de trébol y otras yerbas y los corredores se adornaban con cortinas y faroles, al tiempo que la sala se iluminaba con profusión.

Antes de que llegaran los primeros invitados se encendían las velas del altar y se revisaba que todo estuviera en orden, en especial los cohetes que harían las delicias de los más pequeños.

Una vez reunida la concurrencia, se hincaban alrededor del altar y daba comienzo el rezo del rosario, que era dirigido por un sacerdote amigo de la familia o por algún otro devoto. Al término de cada misterio, se entonaban cánticos acompañados por un bandolón y una flauta.

Al concluir el quinto misterio, todos se ponían de pie y cuatro jovencitas tomaban las andas con los peregrinos para llevar a cabo la procesión. Ésta iba precedida por los invitados con una vela en la mano, en segundo término los peregrinos, posteriormente los músicos y al final el cohetero.

Se recorrían todas las piezas de la casa cantando la letanía y al concluir, se separaba del conjunto un pequeño grupo, permaneciendo en una de las habitaciones, y el resto, junto con los peregrinos y los músicos, quedaba fuera y se iniciaba la petición de la posada.

“Se supone que el santo José pide posada y comienza un difuso altercado entre el patriarca que ruega y el posadero brusco que no accede”, hasta que por fin el posadero abría las puertas a los peregrinos y en ese momento entraba gustosa la comitiva entre sonidos de silbatos de carrizo y muestras de júbilo.

A continuación se rezaba la novena, se depositaban los peregrinos en el altar y se apagaban las velas. Terminado el rezo, entre los asistentes se repartían cacahuates, confites (dulces pequeños) y dulces cubiertos; estos se arrojaban al suelo y los muchachos se los disputaban a puños causando gran algarabía.

En otras ocasiones, la colación se ponía en grandes ollas suspendidas del techo o instaladas en el suelo, se formaba un círculo y se vendaban los ojos de los concurrentes quienes trataban de romper la olla con un palo; cuando lo lograban, los chicos recogían la colación entre un gran bullicio.

Acto seguido, los músicos afinaban sus instrumentos y, olvidando los cánticos religiosos, ejecutaban las melodías de moda, como contradanzas, polkas y mazurkas y se iniciaba el baile.
En las posadas de las clases bajas, se bailaban jarabes y sonecitos del país. De acuerdo con las posibilidades económicas del anfitrión, se servía a los invitados una merienda, una cena o un ambigú.

*Historia de la vida cotidiana en México; Tomo IV Bienes y vivencias. El siglo XIX,  Fondo de Cultura Económica y El Colegio de México.