Por Ángeles González Gamio.

19 de diciembre de 2008.
En estas fechas se conmemora el nacimiento del Niño Jesús, día de enorme importancia para el mundo cristiano. En México, el festejo de la natividad es precedido por las posadas, evento que iniciaron los frailes que llegaron en el siglo XVI para ayudarse en la evangelización de los naturales. Como parte de la conmemoración, se pone el nacimiento y, a partir del siglo XX, se introdujo la costumbre sajona del árbol de navidad. Estas hermosas tradiciones tienen añeja historia que a continuación recordaremos.
Las posadas surgieron como resultado de la autorización que a principios del siglo XVI consiguió fray Diego de Soria, mediante una bula del Papa, para que el pueblo participara de manera pública en la preparación de la Navidad. En un principio eran simplemente novenarios de misas; después se prolongó a la oración de la tarde y finalmente se establecieron las procesiones, a las que se les fueron agregando elementos como las figuras de María y José, las velas y los cánticos y en algún momento se añadió la festiva piñata, dando lugar a lo que ahora llamamos posadas.
Es momento para recordar que según la tradición la piñata es de origen chino, de donde fue llevada a Italia por Marco Polo. De allí pasó a España para llegar a México, en donde tuvo tan amplia aceptación que prácticamente es el único país en donde continúa viva. Constituye una magnífica muestra de la creatividad popular. Admira ver la diversidad de formas que adopta; con su corazón de barro, se cubre con tiritas de papel de china, de multitud de colores, graciosamente rizadas y se convierten en estrellas, frutos, flores, animales;  ahora, muy modernizadas, adoptan  las formas de personajes de moda entre los infantes.
Otra bellísima tradición es el Nacimiento. Fue San Francisco de Asís, en los inicios del siglo XIII, el que tuvo la feliz ocurrencia de representar en vivo el nacimiento del Niño Dios, en el pequeño pueblo de Greccio, en Italia. Poco después, se representó con figuras de madera vestidas con tela; eran famosas las de Nápoles y de Génova. La hermosa costumbre pasó a España y luego a México, en donde de inmediato fue acogida. Las monjas fueron de las primeras en colocar nacimientos; a algunas, como las del convento de la Encarnación, les gustó tanto la idea que los tenían instalados todo el año en sus celdas, convirtiéndose en un motivo de competencia para ver quién tenía el más hermoso. Para lograrlo, cada una sacaba sus mejores talentos y empeños para cubrir a las figuras con las ropas más finas y elaborar complicadas decoraciones.
Las iglesias montaban sus nacimientos desde la Navidad hasta la fiesta de Reyes, costumbre copiada en todas las casas. Según el presupuesto, se instalaba con sencillas figuritas de barro o finísimas de madera, cerámica o cera, lujosamente ataviadas, en complicadas representaciones, con infinidad de personajes. La marquesa Calderón de la Barca, que en el siglo XIX escribió unas cartas memorables de su estancia en México como esposa del primer embajador español, describe así un nacimiento mexicano: “… En unas tarimas alrededor del aposento, cubiertas de henos, se habían dispuesto figuras de cera formando escenas que representan, generalmente, pasajes de diversas partes del Nuevo Testamento, aún cuando algunas veces empiezan con Adán y Eva en el Paraíso. Allí estaban la Anunciación, la visitación de María e Isabel, los Reyes Magos, los pastores y la huida a Egipto. Se observaban árboles verdes y de los que dan fruta, unos surtidores arrojando hilos de plata, rebaños de ovejas y una cunita para que en ella descanse el Niño Jesús”.
Maravillosamente, todas estas tradiciones continúan vivas, al igual que las Pastorelas que cada día se celebran más, en muchos sitios, acompañadas de tamales y atole. Y  hablando de manjares navideños, hay que acudir al Café de Tacuba, situado en el numero 28, de la calle del mismo nombre, en el hermoso Centro Histórico. Aquí va a poder disfrutar del típico bacalao, desde luego, a la Vizcaína, romeritos con tortitas de camarón y todas las delicias que siempre ofrecen como tamales, pambazos, tostadas, y para el final, unos esponjosos buñuelos, bañados con deliciosa miel de piloncillo acompañados, según el gusto, de un champurrado, un espumoso chocolate o un buen café, que  sirven en un vaso de grueso vidrio, desde dos humeantes jarras, la una con el concentrado de café y la otra con la leche. ¡Feliz Navidad!
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