Por Metrópoli 2025.

19 de diciembre de 2008.

El 24 de diciembre se celebraba la última posada, la cual se unía a la festividad de la Nochebuena. Uno de los principales acontecimientos era la instalación del Nacimiento, por lo que desde los días previos se sacaban de los empaques las empolvadas figuras a fin de revisar si algunas necesitaban ser restauradas o había que suplirlas; asimismo, se proveían de heno, lama o musgo, así como de figuras y portales.

El Nacimiento se acomodaba en un lugar espacioso, de acuerdo con el número de escenas que se deseara representar. Por lo general se ubicaba en la sala de la casa o se desocupaba un salón como la estancia o el oratorio para montarlo.

Era una actividad en la que participaban todos bajo la dirección del padre de familia, quien indicaba en qué lugar debían instalarse los árboles enteros para formar el fondo de la perspectiva, revisaba que la ropita del Nino Jesús estuviera colocada apropiadamente, decidía la mejor disposición de los pastores, inspeccionaba los instrumentos de carpintería en miniatura que irían en el interior del taller de San José, probaba que la maquinita de la fuente funcionara correctamente, en fin, era el encargado de que, como todos los años, el Nacimiento fuera un bello espectáculo.

Para su iluminación se empleaban velas de esperma y vasos con agua de colores que reflejaban el brillo de los hilos de plata, las estrellas y los soles refulgentes que colgaban suspendidos del techo. El momento esperado era el encendido del Nacimiento, al que asistían familiares y amigos, así como los sirvientes. (Por los general, las visitas acudían a ver el Nacimiento los primeros días de enero, hasta el día 6 cuando se quitaba y se preparaba la “rifa de compadres”).

La cena de Nochebuena también debía preparase con anticipación, para lo cual la señora de la casa ponía todo su empeño. De ahí que en la víspera iniciara el recuento de sartenes, cazuelas, bolillos (rodillos de pasteleros), cedazos, coladeras, almireces (morteros o molcajetes) y metates que debían tenerse a la mano.

Igualmente debía proveerse de los ingredientes necesarios e iniciar la preparación de algunos platillos. Las mujeres, y en especial la servidumbre, se dividían en especialidades como batir huevos, pelar piñones, limpiar romeritos o desescamar pescados; además, se habilitaban anafres para preparar buñuelos, hojuelas de miel y grajea, y algunos otros postres. Con tanta actividad, hacia falta utilizar algunas habitaciones aledañas a la cocina.

La familia asistía por la mañana a la misa de Aguinaldo, para lo cual el altar de las iglesias se adornaba profusamente, y en un lugar especial se ubicaban las andas y los peregrinos rodeados de flores. En el coro se instalaban los músicos, donde no debían faltar los bandolones y las flautas.
La concurrencia, en especial los niños, iba armada de pitos, sonajas, panderetas y había quienes portaban un tambor y una jarana, instrumentos que eran sonados con fruición cada vez que el sacerdote pronunciaba “gloria”. A su vez, la bendición era acompañada de “una diana”.

A la salida de misa, todo se convertía en fiesta, tronaban cohetes, repiqueteaban las campanas y de las torres se lanzaban confites, canelones (confite que lleva una raja de canela) y bizcochos a los chicos, que en parvadas se lanzaban a recogerlos. Antes de cenar, por la noche se celebraba la última posada, se encendía el Nacimiento y se arrullaba al Niño Jesús con el famoso “rorro”, versos específicos para este evento que, impresos, se podían adquirir en cualquiera de los puestos callejeras instalados en la plaza Mayor y las calles aledañas.

En una cena de Nochebuena lo acostumbrado era el bacalao en chileajo, chiles en nogada, romeritos con torta de auauhtle (hueva de mosco), lentejas con rebanadas de piña,
“navegantes” (nopales) con chile pasilla, pescado en aceite y vinagre o frito, frijol gordo con queso, aceite y cebolla, y sobre todo la ensalada de Nochebuena, preparada con lechuga, confites y piñones, betabel, jícama, cacahuates, acitrones y pasas. En cuanto a los dulces, no debían faltar los buñuelos y los hojaldres. Todo este extenso menú era servido adornado con aceitunas en forma de conejitos, jícamas en forma de caballos o dragones y ramos de rábanos y de lechugas.

Concluida la cena se asistía a la misa de Gallo, que era una liturgia solemne en la que las iglesias lucían sus mejores galas y se acompañaba con música de órgano. Otras preferían integrarse a las celebraciones callejeras, lo que se denominaba “correr gallo”, ya que los figones y cafés permanecían abiertos.

En los portales se mezclaban todas las clases sociales, comiendo, bebiendo y bailando sonecitos en cualquier banqueta acompañadas de músicos. Los días posteriores se continuaba este espíritu festivo al preparar platillos tradicionales como cochinito en adobo, mole verde con tamales de frijol, así como frijoles puercos con almendras y nueces.

Estas festividades eran compartidas por la familia con vecinos y parientes, y diariamente se encendía el Nacimiento hasta el 6 de enero, con lo que se cerraba el ciclo de la Natividad de Jesús.

Las calles de Jesús, la Real, las Monterillas, los portales, la gran plaza, todo el centro … se declaraba inmenso mercado… en los puestos de la plaza (se vendían) los infinitos avíos del Nacimiento: portales, adanes, garzas, bañadores, pastores, estrellas, magueyes, cometas y lunas … Por donde quiera, en los suelos, veíanse colinas de heno, de lama, de rama, de flores escarlatas con el nombre del día … vendedores ambulantes proclamaban la escarcha, dejando flotar hilos relucientes en sus manos, o recitaban trozos de las novenas y del “rorro” (Guillermo PRIETO 1840 en adelante, Cuadros de costumbres 2, pp. 459-460.)

*Historia de la vida cotidiana en México; Tomo IV Bienes y vivencias. El siglo XIX,  Fondo de Cultura Económica y El Colegio de México.