Por Rodrigo Díaz[i]

El 23 de diciembre pasado el INAH suspendió las obras del Resplandor Teotihuacano, magna producción artístico – cultural impulsada por los gobiernos Federal y del Estado de México, y que pretendía dar un impulso revitalizador al turismo en la zona mediante el montaje de un espectáculo nocturno de sonido y luz en las pirámides de Teotihuacán. ¿La razón? La perforación de piedras originales para la instalación de ocho mil taquetes donde se apoyarían los rieles metálicos que sostendrían las 3,365 luminarias y bocinas que contemplaba el proyecto, las cuales irían escondidas bajo finísimos cajones de fibra de vidrio pintados como piedras prehispánicas, un verdadero toque de sensibilidad por parte de los ideólogos de la iniciativa.

Aunque el proyecto se conocía desde hace más de un año, tuvieron que pasar meses para que alguien reparara en la destrucción patrimonial. Los sindicatos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), que fueron los que cerraron el recinto premunidos de mantas y pancartas alusivas al tema, señalan que lo ejecutado es completamente diferente a lo aprobado hace más de un año, y que por lo tanto no son responsables del daño causado. Aunque las obras se hicieron durante meses a vista y paciencia de todo el mundo que pasaba por el lugar, al parecer nadie reparó en ellas, salvo cuando toda la infraestructura tecnológica del espectáculo estaba lista para ser instalada.

¿Dónde estuvieron los profesionales encargados de supervisar la obra durante todo este tiempo? Silencio. Como suele suceder en estos casos, los progenitores de la iniciativa hacen todo lo posible para desconocer su paternidad, como si la criatura hubiera sido engendrada por un grupo de obreros cuyo intelecto se limitaba a saber ocupar un taladro. No nos engañemos: los agujeros, rieles y cajones de fibra de vidrio no aparecieron de la noche a la mañana, y para su instalación se requirió de la aprobación o vista gorda de muchas de las autoridades y funcionarios públicos que hoy se erigen ante el país entero como los guardianes del patrimonio nacional. Sin embargo, y como ya es costumbre, nadie se hace responsable del disparate, que para eso están las explicaciones oficiales que dicen que sólo se trató de un malentendido, que los agujeros se tapan fácilmente sin que nadie se dé cuenta, y que el proyecto será reformulado para ahora sí respetar las condiciones del lugar, así que los mexicanos no tienen nada que temer, que Teotihuacán quedará incluso mucho mejor después de este pequeño incidente.

¿Para qué queremos patrimonio?

Más allá de si se puede o no reparar el mal causado y de saber quién fue el responsable de tamaña gracia, lo que interesa discutir en este momento es para qué queremos realmente los recintos patrimoniales en este país. La lectura que se hace del Resplandor Teotihuacano dice que para las autoridades éstos son útiles en la medida que generen recursos a través de los miles de turistas que los visitan anualmente. Cuando el proyecto se presentó en sociedad en diciembre de 2007, sus promotores jamás le adjudicaron algún atributo cultural, pero sí se esforzaron en señalar todos sus potenciales económicos: 70 millones de pesos al año por concepto de entradas, cientos de nuevos empleos, potenciación de los negocios de la zona, etc. No obstante, según las mismas autoridades el recinto de Teotihuacán ya es un éxito económico rotundo, acogiendo a más de 2.4 millones de visitantes al año, cifra sólo superada en el mundo por los 4 millones que en el mismo período visitan las pirámides de Gaza en Egipto. En otras palabras, sin ningún tipo de intervención y con un mínimo mantenimiento, las pirámides del sol y de la luna ya generan millones de pesos y cientos de empleos en la zona. ¿Es necesaria entonces la inversión de 95 millones de pesos en un proyecto de más que dudosa calidad y que amenaza seriamente la preservación del sitio, si esta zona arqueológica ya es de por sí atractiva para millones de turistas? Los promotores de la iniciativa parecen pensar que sí, puesto que ya se preparan para hacer las modificaciones del caso, que al parecer el negocio es demasiado bueno como para dejar escaparlo por unos cuantos agujeros mal perforados. Estos mismos promotores no han reparado en que primero sería bueno hacer un plan de manejo sustentable de la zona, el cual incluye como punto de partida un completo estudio de cabida, porque el que piense que la visita de millones de personas al año no produce ningún efecto negativo en el lugar, no tiene la más mínima idea de cómo preservar el patrimonio de un país.

Teotihuacán no necesita espectáculos de luces y sonido; su sola presencia deja boquiabiertos a quienes tienen el privilegio de caminar por la Calzada de los Muertos o subir sus pirámides. Lo que sí requiere con suma urgencia es una administración responsable que anteponga los intereses de la nación al dinero que pueda generar un proyecto que, tal cual está, no es más que pan para hoy y hambre para mañana.

Palabras al cierre

El escándalo de Teotihuacán es una verdadera vergüenza, que en cualquier otro país hubiera significado la renuncia o remoción de más de alguna autoridad. En este sentido, siempre será una buena señal que las autoridades y funcionarios públicos a los cuales se les ha encomendado el resguardo del patrimonio de la nación se hagan responsables de sus errores más allá de las palabras. La liviandad con que hasta el momento se ha tratado el tema nos parece indicar que nada de esto ocurrirá, y que el tesoro que nos legaron nuestros antepasados seguirá bajo la custodia de quienes sólo ven en él una buena manera de hacer dinero rápido y fácil.

Ps. Recomiendo entusiastamente visitar la página oficial http://www.resplandorteotihuacano.com. Lo vacío del sitio habla mucho de las características del proyecto


[i] Rodrigo Díaz es arquitecto y maestro en planificación urbana. rdiaz@metropoli.org.mx