Los medios de comunicación celebraron alborozados la llegada en octubre pasado de un “vochotaxi” para formar parte del Salón Mundial del Automóvil 2008 de París, donde fue escogido por un selecto jurado como el más carismático exponente de la exposición Taxis en el Mundo, en el entendido que un coche puede ser considerado carismático. En la magna cita, la Secretaría de Turismo de la Ciudad de México entregó un ejemplar de estos automóviles al Museo de la Tecnología de Berlín, donde pasará a engrosar su colección permanente.

En la ocasión, un emocionado Alfredo Nolasco Meza, Director General de Servicios Turísticos de la Ciudad, señaló que “nuestro vochito es un verdadero embajador turístico y esperamos que la simpatía que transmite este coche contagie al público que hoy lo ve aquí en vivo y que se les antoje venir a nuestra ciudad con la tranquilidad de saber que México D.F. es el destino turístico más importante del país, en donde se puede disfrutar la mayor oferta cultural y de entretenimiento de América Latina”.[i]

Lo que Nolasco Meza no mencionó es que probablemente él no se subiría ni amarrado a uno de estos embajadores turísticos en su amada ciudad, porque el instinto de supervivencia es mayor que el aprecio que uno pueda sentir por un Volkswagen verde. Es cosa de revisar guías turísticas o sitios de internet para darse cuenta que la primera recomendación que recibe un turista que visita la ciudad es precisamente evitar tomar uno de estos embajadores verdes en la calle, y que si se quiere salvar el dinero o la vida es mucho más recomendable llamar a un radiotaxi o acudir a un sitio, donde los índices de seguridad suben considerablemente y donde por curiosa coincidencia los vochos verdes son particularmente escasos.

Más aun, los vochitos son particularmente contaminantes, y encontrar uno en buenas condiciones circulando es altamente difícil. Por algo ya se anunció que saldrán de circulación a más tardar el 2012, algo que habrá que ver, porque son miles en la ciudad y sus propietarios representan también miles de votos que a nadie le gustaría perder.

Vochos patrimoniales

No son pocas las ciudades que han declarado a sus medios de transporte como patrimonio histórico. Los tranvías de San Francisco o Lisboa, los buses de dos pisos de Londres, o los trolebuses de Valparaíso son verdaderas postales de sus lugares de origen y motivo de orgullo para sus habitantes, quienes por ningún motivo los cambiarían por otros medios, aún cuando éstos fueran más rápidos y eficientes. Y es que el patrimonio no está relacionado exclusivamente con lo refinado o la alta cultura, sino con todo aquello que es lo más propio y característico de nosotros y nos hace ser lo que somos como ciudad y sociedad.

En este sentido, no resulta nada descabellado declarar monumentos históricos a los vochos verdes. Es cierto que continuar con una gran flota de unidades viejas y contaminantes sería contraproducente con una política de transporte público moderno, pero perfectamente podrían conservarse unos cuantos vehículos – unos cien digamos – debidamente refaccionados y acondicionados para el transporte cómodo de pasajeros, los cuales circularían por un perímetro definido y estarían debidamente aprobados por la autoridad respectiva. Esto podría constituir un gran atractivo para la ciudad, porque no son pocos los turistas que felices pagarían por un viaje en estos queridos automóviles si sólo se les garantizara un mínimo de seguridad.

Los vochotaxis son un símbolo de ciudad, habiendo sido inmortalizados en innumerables fotos y postales. La idea de preservarlos no tiene por qué ser contraria a las políticas oficiales de transporte, sino que puede ser complementaria. Miles de capitalinos agradecerían seguir viendo a estas máquinas verdes circulando por muchos años más, que a estas alturas ya son consideradas como verdaderos amigos que, a pesar de todos sus achaques y problemas, son parte de un paisaje que no queremos perder.