Por: Metrópoli 2025.

Según lo informado por la prensa el pasado 9 de enero, la reducción en el volumen de las presas alimentadoras del sistema Cutzamala llevó a la Comisión Nacional del Agua (Conagua) a tomar la drástica decisión de interrumpir tres días al mes el abasto de agua al valle de México, situación que afectará a un millón y medio de habitantes de 72 colonias ubicadas en 10 delegaciones diferentes del DF. De ellas, 25 sufrirán el corte total del suministro, el cual será provisto por pipas durante esos días. Peor será en el Estado de México, donde sólo en el municipio de Ecatepec se estima que 2.6 millones de personas se verán afectadas por los racionamientos.

La crisis del agua no es algo nuevo; ya hace muchos años se viene diciendo hasta el cansancio que se está gastando mucho más de lo que se consume. Esta vez el problema es la carencia de líquido en las presas del sistema Cutzamala, pero mañana será la ausencia de éste en los mantos acuíferos subterráneos, que se calcula se sobreexplotan en un 50% respecto a su capacidad de recarga.

Las causas de la crisis son múltiples y muy variadas: la pérdida de un 38% del total distribuido, ya sea a través de filtraciones en la red o en las instalaciones domésticas, las miles de tomas clandestinas, los cientos de pozos no autorizados que extraen agua sin ningún tipo de control, etc. Sin embargo, la principal razón que explica el problema es sencillamente el alto consumo promedio de los habitantes de la ciudad. Las estadísticas entregadas por Conagua indican que en el DF éste llega a 327 litros al día por habitante, una cifra altísima, mucho más elevada que cualquiera de los países desarrollados (con excepción quizás de Estados Unidos, que es un caso aparte en materia de despilfarro del agua). El problema es que este gasto no está distribuido de manera uniforme, ya que mientras algunos pobladores de asentamientos irregulares de Iztapalapa sobreviven con apenas 28 litros al día, el mínimo para consumo, aseo e higiene personal, otros de Lomas de Chapultepec o Polanco llegan a consumir mil litros en el mismo período.

Para remediar bajar el consumo se han propuesto variadas iniciativas, como el reemplazo de excusados tradicionales por unos de bajo consumo, la reparación de tuberías rotas, campañas de educación pública, uso de aguas lluvia, tratamiento y reciclaje de aguas negras, mayor fiscalización de conexiones ilegales, etc. Todas estas opciones son altamente recomendables de poner en práctica, pero su efecto es limitado si no se acompañan de una medida por cierto impopular, pero altamente efectiva, como es el sinceramiento en el costo de las cuentas de agua potable.

Un subsidio inexplicable

En efecto, a estas alturas del partido la mantención del subsidio al agua potable que rige en el DF se transforma en una práctica cuyas consecuencias no pueden calificarse de otra manera que no sea de nefastas. Y es que se podrá entender que los más pobres de la ciudad, que son los que menos consumen, tengan un subsidio del 90% en sus tarifas, pero lo que carece de toda lógica es que quienes consumen altos volúmenes también tengan un subsidio que es superior al 65%. Según el investigador Luis Rosendo Gutiérrez, el costo de traer un metro cúbico de agua a la ciudad es de 23 pesos, pero quienes gastan menos pagan sólo dos pesos por él. Así, y a pesar que el costo de extracción y distribución en el DF es uno de los más altos del país, la tarifa que se cobra es una de las más baratas de la Federación, siendo entre un 300 y un 400% superior al que pagan los habitantes de ciudades como Aguascalientes, Tijuana o León.[i]

Está más que comprobado que en el caso del agua la población reacciona rápidamente cuando se le toca el bolsillo. Esto no implica la desaparición del subsidio a los sectores más pobres, el cual puede ser perfectamente mantenido hasta un nivel considerado adecuado para cumplir satisfactoriamente con las necesidades de aseo, higiene y consumo. Lo que de ningún modo puede seguir manteniéndose es la subvención que reciben los sectores de más altos recursos, quienes no solamente deben pagar el valor real del suministro del agua, sino además un castigo monetario en caso de incurrir en sobreconsumo. No resulta justo ni inteligente que la gente de los sectores más necesitados esté financiando el llenado de piscinas o el riego de jardines particulares, que sus necesidades son muchas como para más encima ser solidarios con quienes no requieren de esta ayuda.

La aplicación de tarifas diferenciadas con subsidio a la demanda de menos recursos es una práctica ampliamente extendida en el mundo desarrollado, altamente recomendada por la Organización Mundial de la Salud, y que se traduce de manera rápida en el uso más racional y sustentable de un recurso que muchas veces olvidamos que es altamente escaso. El actual subsidio, promocionado como una medida de corte social, en la práctica es pan para hoy y hambre para mañana, porque implícitamente fomenta el uso irresponsable de algo que parece muy abundante en el presente, pero cuyo suministro en el futuro se encuentra en un mar de incógnitas. El tiempo de actuar es ahora, y actuar implica muchas veces tomar medidas que pueden ser impopulares, pero que a la larga pueden marcar la diferencia entre la subsistencia o el fin de la ciudad tal como la conocemos hoy.


[i] Luis Rosendo Gutiérrez, “DF: uso eficiente del agua” En El Economista, 29 de diciembre de 2008