Por : Rodrigo Díaz[i]

La semana pasada tuve la ocurrencia de escribir un artículo (¿Por qué no se paga por circular en los segundos pisos?) que proponía la idea de cobrar por transitar en las nuevas autopistas urbanas elevadas, tal como se está haciendo en distintas ciudades del mundo para desincentivar el uso del automóvil y favorecer el transporte público. La respuesta de los lectores (al menos de los que enviaron comentarios) fue lapidaria con la sugerencia, no ahorrándose calificativos para desaprobar lo que a ellos les parecía una idea tan inútil como descabellada. A decir verdad me lo esperaba, porque a nadie en su sano juicio le gusta pagar más de lo que paga hoy por circular en su automóvil. De hecho, la discusión de la tarificación vial en ciudades como Nueva York y San Francisco no ha estado exenta de polémica y apasionada discusión entre quienes creen que el estado tiene el derecho de regular la circulación de automóviles para disminuir la congestión y la contaminación, y quienes sostienen que el espacio público por el hecho de ser público debe ser de libre acceso, más aún cuando ya se pagan impuestos que gravan la tenencia de un automóvil.

Lo que sí no me esperaba fue el contenido de algunos de los comentarios, que me han dejado pensativo toda la semana. A continuación los transcribo sin ningún tipo de edición:

“Qué lástima que esta publicación, que inició excelente, finalmente saque su color amarillo iniciando el envío de propaganda en favor de su partido.

¿Saben ustedes cuanto debe su “gobierno” del D.F. en cuotas al ISSSTE y demás  servicios que recibe del gobierno federal?”

“La pregunta es idiota o de un capitalista a ultransa (sic)”

“Esta propuesta para ser de un Perredista mesianico (sic) y mantenido”

“Esa es una idea panista o priísta”

“¿Qué acaso esta página es perredista?”

En cosa de pocos minutos el autor de la nota y este medio fueron calificados de panistas, perredistas y priístas, milagro que pocos en esta ciudad pueden contar. ¿Qué es lo que pasó?

Al menos a mí se me ocurren tres explicaciones para poder entender tan diferentes calificaciones para un solo artículo y un solo autor:

a) Quien escribió el artículo no tiene la menor idea de lo que está hablando, de ahí toda la confusión.

b) Los lectores no tienen la menor idea de lo que están comentando, lo que explica tan contrapuestos juicios de opinión.

c) Los partidos políticos son tremendamente ambiguos en sus propuestas urbanas, razón por la cual una idea de ciudad puede recibir literalmente cualquier calificativo ideológico o partidario.

Sin descartar en absoluto las dos primeras opciones, me gustaría detenerme un rato en la tercera, que a mi juicio puede explicar bastante la polémica de la semana pasada.

Quién apoya qué

Como se dijo con anterioridad, la tarificación vial es una propuesta que de alguna manera enfrenta a dos derechos ciudadanos: el derecho a desplazarse libremente por las calles de la urbe, y el derecho a restringir la circulación de automóviles mediante la aplicación de un determinado pago por entrar a una zona (como en Londres o Estocolmo) o para utilizar determinadas vías (como en Santiago).

Si vemos quiénes apoyan la política de la tarifa de congestión (también conocida como congestion pricing), nos daremos cuenta que su popularidad es cada día más alta entre los ingenieros de transporte y planificadores urbanos, quienes la ven como una poderosísima herramienta para disminuir la cantidad de vehículos que circulan en la ciudad y así favorecer un tráfico más rápido y fluido del transporte público. A nivel político, es una medida que generalmente ha sido impulsada por gobiernos de izquierda, como el del ex alcalde de Londres Ken “el Rojo” Livingstone o el ex presidente de Chile, el socialista Ricardo Lagos, aunque también encuentra entusiastas seguidores en personajes como el actual alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, alguien a quien nadie podría acusar de izquierdista. En general, la derecha rechaza este tipo de medidas porque considera que constituyen un impuesto más sobre los contribuyentes, que tienen todo el derecho de usar la vialidad donde y cuando les plazca, ya que por ello han pagado permisos de circulación. Para la mayor parte de este sector la gente es libre de transitar o no en su vehículo particular de acuerdo a los costos y beneficios que esto pudiera suponer.

Ahora bien, hay que dejar en claro que como en todo orden de cosas siempre existen excepciones. Así, algunos economistas tipificados como neoliberales simpatizan con la tarificación vial, a la que ven como una efectiva herramienta de marcado para regular el tráfico en la ciudad, mucho más eficiente que imposiciones estatales como el “hoy no circula”. Esto mismo enfurece a varios en la izquierda, quienes opinan que la tarificación vial a la larga sólo favorece a quienes tienen el dinero para pagar los peajes, discriminando a las mayorías sin recursos.

En lo que respecta a la injerencia del estado en la movilidad en la ciudad, los partidos de izquierda son tradicionalmente más proclives de este tipo de intervenciones, no sólo en el transporte público, sino también en el privado. Por eso es común que en el mundo entero sean más receptivos a ideas como la tarificación vial, las restricciones vehiculares como el “hoy no circula”, o el establecimiento de vías exclusivas para automóviles con dos o más ocupantes, medidas estas últimas que producen convulsiones en cualquier partidario de un modelo de mercado en la ciudad.

¿Y en México?

Como se puede ver, medidas como la tarificación vial encuentran adeptos y detractores en prácticamente todo el espectro ideológico. El problema de nuestra ciudad es que sus habitantes no tenemos la menor idea de lo que quieren para ella sus políticos. Llama la atención la ausencia total de una agenda urbana o de ideas de ciudad en los distintos partidos (aquí no se salva prácticamente nadie), razón por la cual no resulta nada extraño que una misma propuesta pueda ser tildada al mismo tiempo de panista, priísta o perredista, de neoliberal o estatista. En época de campaña los temas urbanos más bien brillan por su ausencia, y cuando se manifiestan es a través de vagos eslóganes con los que difícilmente se podrá estar en desacuerdo (“queremos un mejor aire para la ciudad”, “más y mejores viviendas”, “mejores espacios públicos para todos”).

En un año como éste, cruzado por la actividad electoral, sería muy sano que los ciudadanos exigieran a sus candidatos pronunciamientos firmes y sin ambigüedades sobre la ciudad, que vayan más allá de lo contingente y que expresen reales visiones urbanas de futuro. La pobreza del debate político en la actualidad nos lleva también a ideas pobres para la metrópoli, estando en manos de los ciudadanos el poder cambiar esta situación.

Palabras al cierre

Si se ha atacado la idea de los segundos pisos en la ciudad es porque tengo la profunda convicción que éstos son negativos para el desarrollo urbano, no importando si los construyen el gobierno federal, el del DF, o el del estado de México. Asimismo, si propuse discutir la idea de cobrar por el uso de determinada vialidad es porque tengo el firme convencimiento que es una buena arma para combatir la congestión y la contaminación en la ciudad. Al menos donde se ha aplicado los resultados han sido buenos, y por eso son cada día más los que apoyan este tipo de mecanismos regulatorios. Al respecto, siempre he creído firmemente en aquel proverbio chino que dice que no importa que el gato sea blanco o negro, lo realmente importante es que cace ratones. En la ciudad se puede aplicar perfectamente la misma filosofía.


[i] Rodrigo Díaz es arquitecto y maestro en planificación urbana. http://ciudadpedestre.wordpress.com