Por: Metrópoli 2025

Cualquier arquitecto o estudiante de arquitectura latinoamericano sabe perfectamente quién fue Luis Barragán. También tiene claro que a la hora de enumerar sus obras más destacadas, siempre saldrán a colación las Torres de Ciudad Satélite, proyectadas en 1957 en sociedad con el destacado escultor Mathias Goeritz.

Las torres, cinco estelas de base triangular cuyas alturas oscilan entre los 30 y los 52 metros, constituyeron el símbolo de una ciudad concebida en sus inicios como un modelo ideal de nuevo desarrollo urbano en la periferia de la metrópolis, una unidad con un alto grado de autonomía económica y administrativa, pero a la vez conectada a la capital por una entonces moderna autopista urbana. La idea era poder gozar de todos los atributos que ofrecen los suburbios (menor tráfico y ruido, contacto con la naturaleza), sin perder contacto con la ciudad madre, a donde se iba solamente a trabajar o a realizar trámites muy específicos.

Sin embargo, cuando los arquitectos y estudiantes de arquitectura van a conocer en vivo la obra de Barragán y Goeritz, rápidamente se dan cuenta que algo pasó con el proyecto de Ciudad Satélite, porque tal como se le ve hoy es muy difícil diferenciarla de cualquier otro desarrollo inmobiliario de la periferia de la ciudad. Y es que Satélite fue víctima de su propio éxito inicial, que hizo que el proyecto original fuera literalmente despedazado por desarrolladores inmobiliarios y autoridades ávidas de maximizar los ingresos derivados de la creciente demanda por vivir allí. Esto queda muy bien reflejado en las amargas palabras de Mario Pani, arquitecto jefe del equipo que desarrolló el proyecto urbano:

“Más lotes para vender, más casas, más comercios y más departamentos y…más dinero para el especulador y el inversionista, pero también más gente, más coches y menos agua, insuficiente drenaje y pésima vialidad.”[i]

Así, lo único que ha sobrevivido con dignidad al fallido proyecto de satélite son sus torres, extraordinariamente bellas en su simplicidad, que con el paso de los años han sabido imponerse de una manera casi quijotesca a todos los atentados urbanos cometidos sistemáticamente a su alrededor. Sin embargo, puede que los cinco monolitos estén viviendo el comienzo de su muerte definitiva con la construcción del Viaducto Bicentenario, megaobra vial impulsada por el gobierno del estado de México y que contempla la construcción de un segundo piso en la inmediación de las torres, de acuerdo a un proyecto cuyos detalles la opinión pública aún desconoce, situación que ha puesto en alerta a varias organizaciones vecinales que ven con espanto la posibilidad que en un futuro cercano el monumento quede aprisionado por bandejas y columnas de concreto.

Lo que se viene

Hay razones de sobra como para estar preocupado. La experiencia de los últimos años ha demostrado que lo de los segundos pisos es una verdadera fiebre que ataca a nuestras autoridades y que no reconoce diferencias políticas; no hay gobernador, delegado o presidente municipal que no quiera tener uno con su nombre grabado en letras mayúsculas en la primera columna, aunque la estructuras corten el paisaje por la mitad, aunque fomenten la entrada de más automóviles a una ciudad que no resiste el actual crecimiento del parque vehicular, aunque sean un atentado estético, aunque la experiencia internacional haya demostrado hasta el cansancio que su construcción no es más que una manera rápida y eficiente de malgastar recursos en infraestructura destinada a quedar saturada en un plazo mucho más corto de lo esperado, aunque esté más que comprobado que esos mismos recursos estarían mucho mejor invertidos si se utilizaran en la ampliación y mejoramiento de la red de transporte público. No hay caso, algo huele mal en el proyecto del Viaducto Bicentenario, especialmente después de ver cómo las mismas autoridades del estado de México han actuado en el caso del Resplandor Teotihuacano, donde no han tenido el más mínimo respeto con un monumento histórico que es valorado exclusivamente si es capaz de generar ingentes recursos económicos. Si el comportamiento con pirámides milenarias ha sido de total desprecio hacia ellas, resulta razonable preguntarse qué actitud se tendrá hacia cinco moles de concreto pintadas que apenas pasan la cincuentena de edad.

No es por ser alarmistas, pero a la luz de lo que ha sido la historia reciente de la ciudad, de sus grandes obras y el olvido de sus monumentos, ya podemos empezar a adivinar lo que puede pasar en el futuro próximo: lentamente surgirán unas columnas de concreto rodeando las torres; aparecerán más grupos de vecinos reclamando la presencia en terreno de las autoridades encargadas del patrimonio de la nación; la gente del EDOMEX dirá que el proyecto en nada afecta la imagen de las torres; se apersonará una comisión de diputados que pondrá el grito en el cielo por tamaño atentado a la cultura de la nación; las autoridades del EDOMEX volverán a reiterar que el proyecto no altera en nada el espíritu primigenio de las torres, pero que están dispuestos a reconsiderar su diseño; la comisión de diputados anunciará la publicación de un informe lapidario con el proyecto; algunos vecinos se encadenarán a una de las torres; la constructora seguirá colocando columnas; un supervisor técnico del INBA acudirá al lugar para dejar en claro que su institución no había hecho acto de presencia porque para hacer eso es necesario que se envíe un oficio a la Subdirección de Preservación y Catastro del Patrimonio Escultórico Contemporáneo (SUPRECAPAESC), y que dicho oficio no todavía no llegaba; los funcionarios que aprobaron el proyecto dirán que los bocetos originales de Barragán consideraban el paso de una autopista entre las torres; la comisión de diputados anunciará que están haciendo algunas correcciones al borrador de su resolución, pero que ésta será categórica en su defensa del patrimonio de la nación; la gente de EDOMEX anunciará que se conformará una comisión de alto nivel para ver posibles modificaciones al trazado de la autopista, y que la eliminación de una de las torres en nada afecta la idea original de los autores y que incluso la mejora; los líderes de los sindicatos del INBA también se encadenarán a las torres, pero para exigir un aumento salarial; los diputados dirán que están casi listos con su resolución, la cual sentará un precedente en la historia cultural y urbana no sólo de México, sino también del mundo entero; la comisión del más alto nivel determinará que la mejor manera de resolver el entuerto es eliminar las columnas de hormigón que sujetan el segundo piso y reemplazarlas por las mismas torres e Barragán y Goeritz, que perfectamente pueden soportar el peso de una carretera sobre ellas; la gente del EDOMEX, del INBA y de todas las instituciones involucradas se felicitará por tal ocurrencia; y la autopista será inaugurada con la protesta de los honorables diputados que no vieron su nombre grabado en la placa de bronce colocada en un lugar destacado de la torre más alta.

Todo lo anterior suena tan posible como irracional y desgastador. ¿Por qué no mostrar ya el proyecto a la opinión pública? Resulta difícil creer que después de cinco meses de iniciadas las obras del Viaducto aún no se sepa qué va a pasar con las torres, ¿o los fondos para el proyecto se aprobaron sin tener idea sobre su trazado definitivo?

La decisión de hacer un segundo piso en la zona ya es de suyo discutible (por no decir lamentable), pero peor aun es hacerlo improvisando, enfrentando los problemas cuando aparecen y no previéndolos con anticipación, una práctica que ya se está haciendo tristemente habitual. Todavía se puede enmendar en algo el rumbo, pero para ello se deben hacer las cosas con transparencia y diálogo, elementos que han estado absolutamente ausentes en esta ocasión.


[i] Cecilia Estrada e Iván Martínez, “Satélite, ciudad para el futuro” en el periódico Ciudadnorte