Por: Metrópoli 2025

Lejanos quedaron los días dorados para los planificadores urbanos, años en los cuales podían hacer y deshacer la ciudad a su regalada gana, implementando ambiciosos planes de metrópolis ideales que en el papel funcionaban de maravillas. Mucho ayudaba la existencia de un estado poderosísimo, que con relativa facilidad podía imponer sus planes, les gustaran o no la ciudadanía. ¿Es necesario desplazar a 5 mil familias? No hay problema. ¿Expropiar miles de hectáreas? Mañana mismo está resuelto.

Los nuevos tiempos y la democratización del país han hecho de este esquema algo absolutamente inviable hoy en día. La ciudadanía cada vez tiene más conciencia que es un actor de primer orden en la planificación de su ciudad, no siendo nada de fácil para el estado o para los privados llevar algún proyecto a cabo si éste no cuenta con la aprobación de la comunidad. Obras de gran complejidad, como la construcción de una nueva línea de Metro o la implementación de una planta de reciclaje de basura comprenden cada vez menos problemas de carácter técnico como de índole social o política. Sólo por dar un ejemplo, la supresión de dos estaciones de la futura línea 12 del Metro no se debió una decisión técnica, sino a la presión de grupos de vecinos. Ni hablar de la abortada construcción de un aeropuerto en Texcoco, que falló exclusivamente por el mal manejo social y político de la iniciativa por parte del gobierno. Hoy vemos lo mismo en la accidentada construcción de un par de pasos bajo nivel en la zona de Lomas de Chapultepec, que ha contado con la cerrada oposición de algunos vecinos que han llevado el de por sí discutible proyecto hacia un punto en el que su salida se ve bastante complicada.

Si antes la planificación era llevada a cabo entre cuatro paredes donde se reunían y decidían técnicos y políticos, hoy día esas paredes han caído bajo la presión de un tercer actor, la ciudadanía, cuya inclusión en la mesa de diálogo no es en absoluto fácil pero sí tremendamente necesaria.

Tres actores que desconfían el uno del otro

Lamentablemente, la realidad es radicalmente diferente a la teoría de las buenas intenciones. Si el diálogo entre los tres grandes actores de la agenda urbana (autoridades políticas, técnicos y ciudadanos) es tremendamente difícil se debe en gran parte a la universalmente conocida desconfianza (y por qué no decir desprecio) que sienten los unos hacia los otros. Así, pueden advertirse tres posturas claramente reconocibles:

1) El técnico tradicionalmente desconfía del político porque lo considera un personaje de nivel intelectual inferior que actúa exclusivamente de acuerdo a criterios electorales, sin medir mayormente la capacidad real de un proyecto o programa de solucionar los problemas que pretende atacar. Además, el hecho que los políticos usualmente ganen más dentro del aparato estatal sin duda alimenta la generación de una enraizada sensación de resentimiento. Por otro lado, es común que el técnico desprecie la opinión ciudadana por el sencillo hecho de que es formulada por personas que no son especialistas en el tema urbano.

2) Desde la perspectiva de los políticos, ellos desconfían de los técnicos porque consideran que estos últimos no tienen la menor idea de cómo se gobierna una ciudad y de cuáles deben ser sus prioridades. En el mismo sentido, para el político la opinión del ciudadano será válida si y sólo si ésta da rédito electoral; en caso contrario piensa que es mejor no prestarle oídos.

3) Por último, el ciudadano recela del político porque piensa (con justa razón la mayoría de las veces) que éste sólo se interesa en sus problemas cuando de obtener votos se trata. El mismo recelo se expresa hacia el técnico, quien es considerado como un personaje que habita en lo alto de una torre de marfil y que por lo tanto desprecia profundamente lo que pueda pensar un pobre vecino que no tiene sus conocimientos.

¿Quién tiene la razón? Probablemente todos y ninguno. Lo que sí resulta claro es que gran parte de esta relación de desconfianza se explica por la manera distinta en que las partes abordan el problema urbano. Los ciudadanos generalmente saben muy bien lo que quieren, pero no el cómo. A la hora de aterrizar sus propuestas – cuando las tienen – generalmente los traiciona la falta de conocimientos específicos y la carencia de una idea definida de cómo se quiere resolver una necesidad. Así, la ciudadanía tiende a tener visiones locales sobre temas metropolitanos. En otras palabras, los problemas de la ciudad sólo importan cuando suceden al frente de la puerta de nuestras casas. Por su lado, las autoridades y técnicos tienden a desestimar los impactos locales que pueden generar sus estrategias metropolitanas. Y es que a la señora María le importa bien poco que una línea de Metro le solucione los problemas de movilización a millones de personas si esto significa que no puede dormir durante los dos años que dura su construcción, o si con ello se derriban los amados árboles que le dan sombra a su casa.

Por otro lado, siempre surgirá la duda de quién es realmente la ciudadanía. Ya el tema de Las Lomas ha demostrado que al hablar de “la voz de los vecinos” hay que tener mucho cuidado, porque ha quedado más que demostrado que dentro de la comunidad las visiones sobre el problema no son por todos compartidas. Por otro lado, el mismo concepto de participación ciudadana muchas veces nos lleva a incluir a organizaciones que no necesariamente cuentan con nuestras simpatías. La fuerza de los hechos nos dice que asociaciones de vendedores ambulantes, peseros o pepenadores deben ser tenidos en cuenta en la discusión de proyectos que los afectan directamente, nos guste o no.

Por último, siempre quedará la duda del alcance del concepto ciudadanía. ¿El ámbito de influencia de un proyecto debe ser circunscrito a quienes viven en sus alrededores o a todos aquellos que lo van a utilizar? Es cierto que los deprimidos de Las Lomas afectan directamente a los vecinos del sector, pero lo que se decida allí tendrá un impacto en la manera como miles de otros ciudadanos se desplazan cada día por el sector.

No queda otra que aprender a dialogar

Lamentablemente las fórmulas mágicas en términos de participación ciudadana no existen. En todo el mundo existen políticos, técnicos y ciudadanos que no se soportan y que no quieren hablar entre ellos. Sin embargo, las ciudades civilizadas han aprendido a sentarse y conversar, que al final ha quedado demostrado que esa es la manera en que los proyectos mejor quedan. En un momento en que la ciudad de México está inundada de megaproyectos de infraestructura, urge empezar a aprender a sentarse en una mesa a dialogar, aunque el del lado nos despierte todo tipo de suspicacias. Mal que mal, si a esta mesa le falta una de sus tres patas, con toda seguridad se va a caer.